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ISSN 1989-4163

NUMERO 76 - OCTUBRE 2016

El Botellón Silencioso

Juan Planas

 

     

Cuatro cosas que remiten, cuando hay mucha suerte, a otras cuatro. Más o menos, eso es el arte cuando ya se está de vuelta de casi todo y se busca la explosión repetida del estilo personal, la habilidad inconsciente y rota de la perfección técnica, el desasosiego íntimo de abrir interrogantes donde antes no había nada. Literalmente, nada. Debe ser por eso que cada año les vengo hablando del botellón colectivo de la Nit de L´Art de Palma como si los años, exactamente veinte, no pasasen en balde y cada celebración tuviera su indescifrable resaca propia, el eco vertiginoso de algún aguardiente cada vez distinto, pero no. Este año no hubo realmente botellón ni, tampoco, aguardiente.

 Con todo, algún irresistible canto de sirena pareció sacar a los palmesanos a las calles y, una vez cortado el tráfico rodado, era ciertamente reparador y hasta ansiolítico pasearse entre racimos y grumos de personas, entre manadas sedientas, quizá, de una música que la ciudad, voluntaria y políticamente muda este año, no acababa de ofrecerles. El arte acechaba, esta vez sí, desde las galerías donde los galeristas diseccionaron su oferta según los parámetros de la quimérica demanda: aquí las reivindicaciones ideológicas y el material de usar y tirar, allá las provocaciones más o menos eróticas o infantiles, el desequilibrio hormonal o la tensión bien resuelta, el temple, la profundidad o la sumisión. Quizá la elocuente nadería.

 No hay en el arte otra cosa que el artificio y la reinterpretación, la realidad mutilada o esplendorosa de un metalenguaje en otro como en un juego de espejos astillados. En esas grietas nos acabamos encontrando y perdiendo definitivamente, pero así es la vida. Cierro y abro los ojos, alternativamente. Repaso el divergente catálogo de la noche silenciosa y me quedo, por supuesto, con Mercedes Laguens y sus óleos sobre lino o sobre lo que sea. Ya no es tiempo de leer el ensayo de Foucault, El cuerpo utópico. Ya no es tiempo de escribir en la piel de los cuerpos desnudos como si fuera sobre la arena en llamas de una playa del infierno donde pisamos más que por placer, por necesidad o angustia. Quizá por castigo.

 No haré, sin embargo, ninguna disección detallada de un catálogo que es el que es, porque no puede ser otro. El cadáver es sólo uno y yo simplemente deambulaba por la ciudad silenciosa (y desvelada) como quien espera oír un fantasmagórico toque de diana para realizar una penúltima batida mejor que bien acompañado antes de regresar, finalmente, a casa y dejarme sepultar por la belleza famélica, la singularidad fatal y la emoción temblorosa de mis propias elucubraciones. Es muy posible que sólo me importe, ya, lo que imagino. Viva el narcisismo.



 

 

Mercedes Laguens

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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